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Othón Téllez

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Obra en Proceso

Por Graciela Kartofel

El artista se desplaza frente a la tela, camina por el campo plástico expandiendo su gesto cargado de historia, y jóven a la vez. Las pinturas de Othón Tellez vienen desde la abstracción lírica, y se presencian actualmente como asimetrías veladamente orgánicas. La subjetividad que se manifiesta en estas pinturas abstractas, es amplia y abarcante. Que la obra fue cambiando a lo largo de los años, es cierto; también confirmo que se observa un discurso de reflexión siglo XXI, en el cual no hay un estilo sino una cosmovisión que habita en paisajes y pentagramas compositivos. Si de evolución se hablara –la evolución en artes visuales no es lineal-, se manifiesta cada vez más especial y sutilmente orgánica, a la vez continua siendo no  representativa. No es una pintura de temas, más bien, las obras son referentes de enormes paisajes abstractos de la sociedad de nuestros días, cuando lo global subsiste pero ya en la búsqueda de caminos divergentes –o al decir de Tom Friedman, cuando lo global ha sido substituído por un mundo plano. La obra de la presente exposición traza los bordes de la reflexión por la que transita el artista, amalgama sus retos y refiere los elementos trascendentes de su producción actual.

La reflexión actual se mantiene como un proceso intuitivo siempre buscando más el fluir que la rigidez expresiva. Es una reflexión habitada por una mezcla de accidentes dinámicos, de tensiones y distensiones. En cuanto a sus retos, continúan pautados por el color y la composición. Señalando algunos de los elementos trascendentes de su producción actual, se encuentra al artista desarrollando obras de gran formato incoporando hoja de oro y de plata, así como arenas muy adelgazadas alcanzando técnicas mixtas de delicados balances. Simultánea y fundamentalmente, la presente exposición se destaca al expandir la experiencia --artista-institución-obra-público--, haciendo una presentación activa del taller del pintor en el ámbito del museo. Además de las obras formales realizadas para esta exposición, Othón Tellez presentará un políptico de siete paneles -de los cuales cinco irán terminados y dos, los pintará a la vista del público durante sucesivos fines de semana. Yo necesito trabajar en gran tamaño: necesito expandir el gesto. En la exposición, todas son obras de grandes dimensiones -un metro sesenta por dos metros, un etro ochenta por un metro ochenta, o uno por catorce metros -la dimensión del políptico que terminará de pintar en el Museo. En esas proporciones, uno de los dibujos que integran la exposición, es un dibujo pictórico, una obra de colección a nivel museo. Densa aunque no saturada, es una dinámica técnica mixta en la escala del blanco al negro, con reverberaciones en plata. La composición podría caracterizarse como fractales pentagramáticos, o sea, un grupo de formas similares a sí mismas (aunque no estrictamente geométricas) que se relacionan con la música, manifestación con la que Othón Tellez está muy ligado, dado que viene de una familia dedicada a la música. Si nos mantenemos en el rango de lo sonoro, recordemos que se habla de “piezas de conversación”, esta es una de ellas y la exposición toda es una motivación y una provocación a la conversación acerca de los descubrimientos en relación a la señal y a la traza que conviven en sus obras. Siendo la señal, la marca, y traza aquello relacionado con “trahere” , del latín “traer”, la traza se remonta a toda raya o señal que se hacía en la tierra o en otra parte, para que sirviera como definición de un área (y gobierno de la misma). Asimismo, traza equivale a raya o renglón, por extensión, las trazas de Tellez en la lona establecen esos pentagramas abstractos que él no ejerce desde la música sino desde las artes visuales.

Casi toda mi pintura es sobre lona, restirada en bastidor de madera. Ocasionalmente monto toda la lona sobre madera -en la actual exposición hay dos resueltas así. Los dibujos son sobre tela y también sobre papel. Acerca de su manera de pintar, dice Mi proceso es intuitivo, mezclo accidentes dinámicos, tensiones y distenciones. Advertimos que la lona muy tensamente restirada sobre el bastidor permite una dicción gestual diferente. En cuanto a color y tono, juego la gama tonal, lo empaqueto, hago mis propios colores. Compro los colores que nadie compra, rosas, verde perico…, Las obras se visualizan plenas de texturas pero no hay saturación de materia. La corporeidad del color varía, hay zonas semisaturadas, otras acuosas y otras aireadas. En esta etapa prevalece la percepción de elementos en flotación; en ello, el artista reconoce elementos autobiográficos que nos revela como la influencia de los estudios de ultrasonido. Othón trabaja capa tras capa, son velos delgados, transparentes e interactuantes. No trabaja en un órden superficial sino que refiere las imágenes en un órden germinal. No es obra premeditada ni abocetada. El accidente se da en cada etapa del cuadro, los salpicados están en diversas zonas y en casi todas las capas, se esconden y se revelan. Hay una multiplicidad de abstracto-escenas simultáneas que se traslapan en una dinámica de micro y macrocosmos.

Las artes visuales como medio de comunicación son hoy menos rigurosas y menos frontales, tienden a incluir al espectador de manera más activa en la percepción de las obras. Lo que suele denominarse ‘interactivo’, no necesariamente incluye la tecnología, como en el caso que ahora nos ocupa. Para el público será de gran interés estar frente a frente con el proceso de trabajo del artista. Esto ayudará a desmitificar la labor del pintor como un dotado que en unos pocos toques resuelve una obra, por el contrario, ayudará a comprender las sucesivas facetas de la labor autoral. Dicho esto, se entiende que Othón Tellez es un profesional que expande su hacer por los campos de la comunicación y de diversos niveles de la docencia.

Obra en Proceso es una exposición que atiende a un inconsciente museológico. Por extensión de los conceptos de Karl Jaspers -para quien los ocupantes de un museo filosófico están repartidos en muchos grupos y subgrupos fraternales-, podemos entender que para Othón Tellez, los ocupantes de un museo de arte contemporáneo estarán repartidos en muchos grupos y subgrupos que atenderán a experiencia dual muy poco frecuente. Si lo tradicional en un museo es ver una exposición, la acción pictórica de Tellez dentro del propio museo establece un contrapunto de varios vectores, uno de los cuales es la inusual presencia de alguien trabajando con pinturas mientras hay obras colgadas. De alguien que se anuncia como expositor y que a la vez está resolviendo un par de obras dentro del recinto museológico. De alguien que no oculta el proceso de su trabajo. Estos factores crean en los espectadores un vínculo de órden simbólico entre los que asisten en un mismo momento, y una relación similar por coincidencia con quienes asisten en diversos tiempos –días u horarios. Tal entretejido de circunstancias se gesta a partir del artista, sus obras y el entorno museístico que ofrece una circunstancia diferente, movilizadora y vinculadora. No corresponde llamar a esto performance porque no es la intención del artista, él es pintor. Los conceptos que le interesan desarrollar están específicamente ligados a la pintura como ente estable y permanente en el mundo actual. Aún cuando trabaje los grandes formatos, tampoco se interesa por el canon de los pintores muralistas. Es en estos territorios que Tellez aporta un nuevo eslabón en la trama de experiencias dentro de exposiciones locales. En una reciente visita al taller del artista, el políptico que da título a la exposición había comenzado a extenderse como un gran animal plástico cuyo su esqueleto se deja ver en blancos, azules, crema y plata. Otras obras, entre ella, Horizonte -hasta el momento, la única pintura con título de las que integrarían la exposición-, es una obra de formato apaisado con una resolución en tres secciones aparentemente emancipadas entre si. Las dos secciones de los extremos contienen arcos oblongos –ambos fuertes, uno, fraccionado, el otro actuando en la forma de un imán gigantesco. Otro tríptico de dimensiones diferentes, sin duda agitará la mirada de los espectadores con su gran panel horizontal y un friso paralelo, entrecortado, ubicado debajo, conformado por dos laterales y un centro vacío. Con la importancia de los silencios bachianos, ese centro vacío y techado, motivará discusiones y expandirá la mirada del espectador. Habiendo leído párrafos arriba las declaraciones de Othón Tellez acerca del color, en esta obra surgirá una pregunta ¿Hay algún color que no aparezca en este cuadro? Quienes se la plantéen, deberán buscar la respuesta con detenimiento -tanto en esta pintura como en todas la que abarca la exposición Obra en proceso.

Graciela Kartofel

D.F. – Nueva York, Julio 2006

 Image Graciela Kartofel.  Reside en Ciudad de México y Nueva York.  Historiadora de Arte, graduada en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.  Realiza proyectos editoriales en el área de arte y educación.  Ejerce como docente, crítica y curadora independiente, con especialidad en Arte Moderno y Contemporáneo de América Latina.  En el área académica, ha sido docente y profesora invitada en diversas universidades. En la faz editorial, lleva a cabo la integración de publicaciones en los mayores fondos editoriales del mundo, entre ellos: Biblioteca Nacional de Francia, Biblioteca del Museo de Arte Moderno de Nueva York y Biblioteca del Congreso de Washington D.C

 

 

  
 
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