Inicio arrow Teoría Arte / Cultura arrow Fronteras y globalización en el arte
Ver en Idioma Ingles
Othón Téllez

PDF Imprimir E-Mail

 

Image

Fronteras y globalización en el arte

Por Othón Téllez

Conferencia para el Encuentro Nacional “Arte, Región y Frontera” 2008

 

En reiteradas ocasiones se afirma que los lenguajes del arte son de carácter universal, que no tienen fronteras y que son vehículos de comunicación y de comprensión para todo individuo sensible. Afirmaciones que en parte son ciertas, pero que en mucho carecen de verdad, pues en la vida cotidiana el arte, en todas sus disciplinas, debe luchar de manera permanente contra las resistencias de los públicos, de los teóricos, de los historiadores del arte e incluso de los profesionales del arte. Basta con detenernos a ver la apreciación general hacia el orden artístico, la cual se admite, si bien nos va, a los productos realizados en las primeras décadas del siglo pasado (1910 -1920); es decir, la cantidad de productos artísticos de tendencias y de nuevas maneras de hacer arte son, para la mayoría de la población, ajenos, carentes de significación, falsos, extraños, raros y en la mayoría de los casos irrelevantes para ser considerados verdaderas obras del arte universal.

Uno de los principales problemas que genera lo anterior, se debe en gran medida a que el público sólo considera al arte cuando es una manifestación cercana a la belleza; concepto acuñado en el siglo XIX y válido para esa época, mas no cierto para la infinitud de manifestaciones que se han venido desarrollando desde el siglo pasado en donde las preocupaciones han ido siendo cada vez más complejas: estéticas divergentes que nos llevan a las evocaciones de lo irónico, lo trágico, lo cómico, lo trivial, lo kitsch y lo grotesco, por mencionar algunas de las tantas categorías que abren el universo perceptual del concepto de estética, y que van más allá de un símil de belleza.

Con base en lo anterior, se vuelve necesario dedicarle un tiempo al análisis del concepto de arte, en primera instancia como producto cultural con significaciones propias en el ámbito de lo sensible, lo sensorio y lo racional; el solo hecho de comprenderlo dentro del ámbito de los productos culturales, nos replantea entenderlo como un verdadero vehículo contenedor de estética y de manifestación cultural propia de un tiempo y de un espacio del creador de la obra en sí. Por ello, el fenómeno del arte no puede estar desligado de la estética cotidiana. Estética que se verá inundada de influencias de parte de los más diversos productos culturales, a veces ajenos o antitéticos a los propios productos artísticos: estética de la televisión, de las mass media, de la violencia social, de las acciones discriminatorias, de las ciudades deshumanizadas y contaminadas, de las guerras, las luchas sociales, de la cultura light y el terrorismo, por mencionar sólo algunas de las prácticas cotidianas que producen y que propagan el pensamiento estético en el imaginario cotidiano del individuo y a veces con una mayor e impactante elocuencia que el producto artístico.

En un mundo globalizado, con fronteras hegemónicas de todos los órdenes, con identidades compartidas e hibridación permanente, el fenómeno del arte no puede quedar al margen de ello, por el contrario se redefine abriendo sus procesos de producción y su concepto. Hoy todo puede ser arte dependiendo del contexto en el que esté planteado. La terrible e inútil definición del arte de la Real Academia Española, como virtud, disposición y habilidad para hacer algo se ve amenazada por su segunda acepción que ya empieza a definir con mayor entereza y sólo hasta estos últimos años, la idea de entender el arte como una manifestación de la actividad humana mediante la cual se expresa una visión personal y desinteresada que interpreta lo real o imaginado; sin embargo a estas alturas, no creo que nos podamos quedar con una sola definición para entender el complejo proceso del arte, el cual se presenta ante la globalización como un particular vehículo que refrenda el valor de identidad y enfatiza lo diverso ante cualquier deseo de aprehender el arte en una sola visión, o como en siglos anteriores, en una sola cultura.

La UNESCO, apenas hasta el 2001, declara que la diversidad cultural se “manifiesta en la originalidad y la pluralidad de las identidades que caracterizan a los grupos y las sociedades que componen la humanidad. Fuente de intercambios, de innovación y de creatividad, la diversidad cultural es tan necesaria para el género humano como la diversidad biológica para los organismos vivos”; la cita de la Declaratoria Universal impone la necesidad de subrayar el papel del arte que se viene realizando desde siglos atrás, el cual rompe fronteras, borra linderos y crea imaginarios colectivos llenos de significaciones humanas. Hoy, las manifestaciones contemporáneas del arte no tienen que ver con nacionalismos o chauvinismos sectarios, sino con la construcción de imaginarios colectivos que nos identifican como humanidad.

Hoy en día, las verdaderas fronteras del arte están en lo que he llamado (parafraseando a Louis Althusser) en los aparatos legitimadores del arte, los cuales enfatizan la cualidad artística de los productos que aspiran a ser arte. En este sentido, el producto artístico atraviesa las fronteras de los especialistas (teóricos, historiadores, críticos y ahora hasta curadores) quienes enfatizan las virtudes y valores de la piezas en cuestión. Asimismo, la legitimación se sustenta en la apertura de las instituciones hegemónicas responsables de la cultura, en todos los órdenes y en todos sus niveles, desde la pequeña Casa de la Cultura hasta los consejos, museos e instituciones a su vez legitimadas por los hacedores del arte. Es decir, el producto cultural que aspira a ser llamado arte debe presentar, de manera permanente, sus cartas credenciales para poder transitar a lo largo del tiempo por los diversos aparatos legitimadores del producto artístico los cuales van, desde las cualidades artísticas hasta los espacios de legitimación hegemónica, el público, los mercados del arte y el consumo profesional del mismo. Seguimos en espera de que alguien nos legitime para creer que lo que estamos haciendo en verdad tiene significaciones. Seguimos creyendo que la cultura viene sólo de centros hegemónicos, otrora de París, Francia, luego de Nueva York, ahora de China y de Japón.

Indiscutiblemente, el producto artístico debe contar con valores que lo identifiquen como tal, mas es importante construirlos a partir de nuestros imaginarios y de nuestros campos perceptuales en torno a nuestra estética y a nuestro mundo cotidiano. Como elemento de análisis y de reflexión, las regiones, las fronteras y sus identidades brindan infinitas posibilidades de explorar nuevos lenguajes y nuevas plataformas de lo simbólico en el arte; se requiere desprendernos de los regionalismos para encontrarnos y de ahí desprendernos, en una especie de espiral virtuoso, hacia los procesos de globalización. De otra manera no entendería cómo el realismo mágico de nuestra literatura se abrió camino en plenos años de las dictaduras militares en Latinoamérica y su concerniente polarización de los ejes económicos.

La fuerza que tiene el arte en sus características de contenedor de lo simbólico refrenda el valor que tiene el mismo, el cual sobrepasa las fronteras, y no como una mera frase neo romántica, sino como una verdadera acción de creer en el producto artístico como campo  de la imaginación y la creatividad que sorprenderá a propios y extraños. Una obra que se sustenta en sus lenguajes artísticos, que posee originalidad, que rompe estructuras y maneras de ver lo mismo, que genera imaginarios permanentes y sobre todo que abre las alternativas perpetuas de interpretación por parte del espectador, será una verdadera obra de arte. Sustentada en la capacidad de provocar acciones de creación, recreación, interpretación y apropiación del bien artístico por el espectador, el arte se vuelca como el producto cultural con metalenguajes específicos que incitan el acto inteligible en las permanentes acciones de su recreación. La acción de la creatividad va en los dos sentidos, en la propia construcción del producto artístico y en el consumidor profesional que decodifica la suerte de imaginarios que le vuelca lo insólito del arte.

La frontera entre el público y el arte es una construcción imaginaria. A la hora de la verdad no requerimos de ningún aparato legitimador  para saber si lo que estamos viendo es arte o no, basta romper las fronteras del espectador y permitir el acercamiento al universo de significaciones y sensaciones que genera el arte y entonces sí, reconocer su valor.

Ahí radica el valor del conocimiento del arte: la acción epistemológica del mismo se encuentra en ser un producto que despierta imaginarios (de manera permanente), sólo baste pensar en los procesos de construcción a los que se enfrenta el espectador ante una obra pictórica: identifica denotaciones, genera connotaciones, interpreta, se identifica y valora el bien artístico. Procesos simples de nombrar pero que implican cada uno de ellos acciones complejas de vinculación  con el producto cultural llamado arte. Se vuelve necesario romper las fronteras del arte, las que nos hablan de las cualidades únicas e inalcanzables por la mayoría de los seres humanos. Romper fronteras entre la ciencia y el arte, entre lo racional y lo intuitivo. Hoy más que nunca el arte se está replanteando en todos su procesos, en su construcción, en sus procesos de creación y en sus espacios de circulación. Las manifestaciones artísticas de las últimas décadas dan prueba de ello, las manifestaciones se vuelven no sólo disciplinares, sino multidisciplinares, interdisciplinares y transdisciplinares. Eduardo Kac (artista brasileño) es prueba de ello, cuando para la edición del Festival de Ars Electronica de 1999, el también profesor del Instituto de Arte de Chicago, trabajó en campos como la robótica y la telemática para fundar una nueva disciplina creativa: el arte transgénico.

Kac crea para el festival digital de Avignon un provocador proyecto: una coneja cuyos genes han sido modificados con proteína verde fluorescente (sustancia extraída de las medusas), con el fin de que brillase en la oscuridad.  Alba (el nombre de la coneja) es muy especial: en determinadas circunstancias, su piel desprende un resplandor verde, como si se tratase de una luciérnaga. La creación por parte de Kac del primer mamífero fluorescente desató una ruidosa polémica. A la pregunta de si es lícito utilizar la manipulación genética en nombre del arte, Eduardo Kac respondió: “Si Alba es un monstruo, también lo somos nosotros. Si los avances de la genética van a cambiar por completo nuestra sociedad, la única manera de reflexionar sobre estos cambios a través del arte es utilizando las mismas herramientas y técnicas que los científicos”.

Hoy, el arte al igual que la ciencia está rompiendo sus propios límites, con el único fin y como siempre, de ser reflexivos ante nuestro acontecer y nuestras responsabilidades sobre la sociedad que estamos formando. Cada vez más el arte se desprende de aquellos terrenos de la subjetividad y de la creación divina, para dialogar más de cerca con los conocimientos formales: los de la ciencia y la tecnología. Sin embargo, el fenómeno primigenio de la pintura, el Trompe l'oeil que nos permite encontrar imaginarios de tres dimensiones en un soporte bidimensional sigue vigente, al igual que los nuevos soportes del arte. El arte adquiere la capacidad del asombro no sólo en sus nuevas maneras de producir sino en las constantes acciones de hibridación que lo trastocan, en un mundo con tantas influencias conectadas, con música norteña hasta en el sur del país; las identidades se mezclan, las juarochas son presentes (jarochas habitando Ciudad Juárez). Más que afirmar la búsqueda de identidades “puras”, más que buscar “el arte”, debiéramos de reconocer cómo la carga de significaciones y simbolismos está en muchos otros productos culturales. La hibridación está presente como constante del arte actual. No reconozco ningún producto de arte que se llame vigente en el cual no exista una o más acciones híbridas en su construcción.

Ello es la herencia que nos dejó el choque de los tantos mundos de siglos anteriores, El que los europeos nos miraran como caníbales, como antropófagos, el que las civilizaciones nos vean como salvajes ha permitido que nuestras manifestaciones simbólicas no sólo estén en el arte, sino en una variedad de productos culturales ricos en significantes. La hibridación para nosotros no es nueva, entramos a la globalización con una experiencia de siglos. Reconocemos el valor de nuestros productos por la diversidad de los mismos y los productos artísticos son prueba de ello.

Ya lo decía en su Manifiesto Antropófago , Oswald de Andrade en 1929: “Sólo interesa lo que no es mío. Ley del hombre. Ley del antropófago”. Como antropófagos culturales somos capaces de digerir los productos culturales más inverosímiles de la globalización, sin perder identidad o caer en la copia burda, y por el contrario, enriquecemos nuestros universos y los resignificamos, productos culturales diversos, creativos en todos sus órdenes pero sobre todo testimoniales del mundo en que vivimos.

Image Othón Téllez

Noviembre del 2008

 
< Anterior   Siguiente >

 Buscar | Contacto | Noticias | Arte en venta | Agenda | Galería | Currículum vitae


1998 © 2017 Othón Téllez     Ultima Actualización: 19 de febrero 2016    Sitio configurado y administrado por Inxenio-Dixeño